Si la normalidad eran desastres y crisis climática, ¿por qué volver a ella?

Por Dr. Robert Sakic Trogrlic; Colin McQuistan; Sunil Acharya el 13.08.2020

Ante los enormes impactos de la crisis de la Covid-19, exponemos los problemas fundamentales de nuestros sistemas actuales y analizamos cómo podemos desarrollar resiliencia a largo plazo.

El momento del cambio es ahora

Una amenaza para la que no estábamos preparados, ante la que hemos tenido dificultades para responder y por la que estamos pagando un alto precio. Una crisis que ha resaltado los escasos márgenes en los que se ejecuta la economía global: sistemas pensados para responder únicamente ante las condiciones actuales, en lugar de sistemas resistentes preparados para múltiples escenarios. Durante la pandemia, los sistemas en los que confiamos se derrumbaron como piezas de dominó: hospitales colapsados, equipos insuficientes de protección personal, amenaza de escasez de alimentos y crisis económica en todo el mundo.

Un futuro incierto

Aunque la atención mundial se centra en controlar la pandemia, esta no es la única amenaza a la que somos vulnerables. La crisis climática no ha desaparecido. No pasa ni tan solo una semana sin noticias de devastación causada por inundaciones, sequías, deslizamientos de tierra y tormentas. Con comunidades vulnerables que enfrentan el desafío imposible del distanciamiento social mientras deben corren para proteger sus vidas[1].

Este año el planeta experimentó el mayo más caliente históricamente, con temperaturas de 38 °C en el Círculo Polar Ártico. En Siberia, una ola de calor sin precedentes provocó grandes incendios, y las altas temperaturas aceleraron el derretimiento de la capa del suelo permanentemente congelada en la región. Ello ocasionó uno de los peores derrames de petróleo en la región. De Australia a California hasta la Amazonía peruana, los incendios forestales continúan arrasando los bosques.  El futuro no parece prometedor. A medida que los gobiernos movilizan enormes cantidades de recursos para responder a los impactos de la pandemia, las preguntas que debemos responder es si debemos regresar y conformarnos con la normalidad a la que estábamos acostumbrados o si podemos crear un futuro mejor.


[1] En India, 50 personas han fallecido y dos millones han sido afectadas por las inundaciones. En mayo, el ciclo Ampahn devastó Bangladesh y la zona de Bengala Occidental, forzando a millones a evacuar en medio de la pandemia. Los altos niveles de lluvia han inundado zonas de Nepal. En África millones de personas han tenido que enfrentar los efectos catastróficos de las inundaciones causadas por los monzones y los deslizamientos de tierra, mientras el virus ya estaba presente en estas áreas.

La incómoda verdad: los desastres no tienen nada de natural

En su libro, Disaster by Choice, Ilan Kelman, profesor de Desastres y Salud en la University College de Londres, reúne décadas de investigación y revela que las acciones humanas convierten los peligros naturales en catástrofes. Los desastres se generan y exacerban en gran medida como resultado de vulnerabilidades sociales, económicas, políticas, culturales e históricas, en lugar de los propios peligros.

“Muchas de las decisiones que tomamos actualmente permiten la muerte y la devastación. Creamos las condiciones para los desastres. La naturaleza no elige, pero nosotros sí. Podemos elegir evitar desastres, y eso significa que los desastres no son naturales”. Disaster by Choice, Ilan Kelman

En otras palabras, los desastres son el resultado directo de las decisiones tomadas sin considerar los riesgos futuros o quiénes serán las personas más afectadas. Un análisis realizado por el Banco Mundial muestra que cada año 26 millones de personas caen en situación de pobreza como resultado de los desastres. Es un implacable círculo vicioso de pobreza y desastres, que vemos confirmado a partir de nuestra experiencia en campo. El cambio climático afecta directamente a las personas con las que trabajamos: desde una mayor frecuencia y magnitud de las inundaciones en Nepal y Perú, a la disminución del rendimiento agrícola en Zimbabue, hasta la escasez de agua en los asentamientos urbanos informales en Kenia.

“Hay un cambio en la tendencia de la lluvia. En el pasado, la lluvia solía ser regular/continua y de baja intensidad, pero ahora hay eventos de lluvias intensas con períodos secos intermitentes. Esto causa inundaciones en el momento de lluvias intensas y sequía durante el período sin lluvia”. Hallazgo de entrevistas realizadas por Practical Action con personas del Municipio Rural de Janaki, Nepal.

Pero, con igual importancia, los desastres son también el resultado de las decisiones que no tomamos. A menos que decidamos tomar medidas climáticas decisivas para reducir las emisiones globales, hay pocas esperanzas de un mundo habitable para el futuro. A menos que decidamos poner a las personas más vulnerables al clima primero y tomar medidas para ayudarles a adaptarse, nunca podrán resistir futuros desastres. A menos que decidamos desafiar los sistemas políticos y económicos arraigados, continuaremos dejando a las personas sin otra opción que vivir en áreas propensas a desastres sin la infraestructura, los sistemas de alerta o las redes de seguridad adecuados.

Muchas de las debilidades del sistema expuestas por la crisis de salud son las mismas debilidades que hacen que las personas y la sociedad sean vulnerables al cambio climático y los desastres. Entonces, ¿qué debemos decidir conscientemente cambiar para romper el ciclo continuo de desastres, vulnerabilidad y pobreza para millones de personas y construir futuros resilientes?

Demasiado poco para comenzar y demasiado tarde para importar

Construir resiliencia requiere la información correcta, así como la capacidad y las habilidades desarrolladas, en el momento adecuado para que den forma a las decisiones de inversión. Inversión que es coordinada transversalmente entre sectores y actores. Sin embargo, el caso es exactamente el contrario, y hay poco reconocimiento del valor de una buena toma de decisión. Planear con anticipación no es una prioridad y no se considera un servicio esencial.

“Cada año, las inundaciones erosionan las tierras agrícolas y degradan el suelo circundante al río Karnali. En los distritos de Kailali y Bardiya, capacitamos a las comunidades en el uso de biodiques para ayudar a protegerlas de futuras inundaciones. Utilizaron los recursos locales (incluido el recurso humano) para construirlos y administrarlos. Esto creó sentido de cooperación comunitaria y, además, las personas pueden cultivar forraje, combustible y otros cultivos para generar ingresos adicionales. Se percibió claramente que los biodiques ofrecen beneficios que aportan en todos los sentidos”. Puja Shakya, Practical Action Consulting, Nepal

En cambio, los desastres son a menudo vistos como inevitables e imparables, lo que resulta en una subinversión crónica en relación con la magnitud del problema. La reducción del riesgo se considera un lujo y no ocupa un lugar destacado en las agendas políticas. Del poco dinero destinado a este fin, casi ninguno llega a las personas en mayor situación de pobreza y vulnerabilidad, que más necesitan protección. Más aún, la inversión en resiliencia ante desastres retribuye de gran manera, generando el triple de dividendos en términos de salvar vidas y evitar pérdidas, desbloquear el potencial económico y brindar beneficios colaterales sociales, económicos y ambientales adicionales. Estos beneficios ocurren así no suceda un peligro previsto.

No es de extrañar que los sistemas globales colapsen, cuando solo nos hemos preparado para reaccionar ante las amenazas inmediatas, pero no para sopesar los riesgos de lo que podría suceder. ¿El resultado? El poco dinero disponible se gasta demasiado tarde y, después del evento, se repara lo que ha sufrido algún daño sin abordar los errores que causaron el desastre en primer lugar, lo que únicamente nos conduce a pérdidas y daños cada vez mayores.

“La Gestión y Reducción del Riesgo de Desastres todavía está muy centrada en la respuesta, por lo que el sistema se activa durante y después de un desastre. Esto ha resultado en esfuerzos fragmentados, ineficientes y costosos. Es decir, dirigidos por el gobierno central, enfocados únicamente en la respuesta, con sistemas de gestión y reducción del riesgo de desastres caros e inadecuados. Necesitamos cambiar todo el sistema para evitar que los peligros naturales se conviertan en desastres”. Krity Shrestha, Practical Action Nepal

Si bien la inversión en la respuesta a desastres es necesaria, los costos humanos, ambientales y financieros de su prevención los superan mediante la reducción y mitigación de riesgos. Además, de que tienen el potencial de reducir lo que de otro modo serían las consecuencias irreversibles del cambio climático.

Muy grande para fallar

No existen fórmulas milagrosas que protejan a las personas del impacto de amenazas como inundaciones o deslizamientos de tierra. Sin embargo, la percepción de que la ingeniería civil a gran escala sola puede resolver el problema está muy arraigada. A menudo se construyen enormes presas de hormigón, terraplenes o sistemas de drenaje (costosas muestras de soluciones de arriba hacia abajo que imponen una única fórmula a todos los casos), sin tener en cuenta cómo viven las diferentes personas, el entorno en el que viven o los recursos naturales de los que dependen, ingredientes esenciales para que cualquier solución sea sostenible y transformadora.

Y aunque estas estructuras pueden representar seguridad, a menudo crean una falsa sensación de protección absoluta que deja a las personas desprevenidas ante el riesgo potencial. Entonces, si fallan, lo hacen a menudo a una escala colosal, con efectos catastróficos para las comunidades que no estuvieron preparadas.

A pesar de ello, la inversión favorece tales soluciones, a pesar de ser costosas y difíciles de administrar localmente. A pesar también de que a menudo solo empujan el problema a otra parte y, fundamentalmente, no abordan los problemas subyacentes que las personas enfrentan, como la pobreza, la exclusión, la desigualdad o la marginación. Las “grandes soluciones” terminan por eclipsar la posibilidad de impulsar opciones de menor escala que ofrecen múltiples beneficios para las personas y el medio ambiente, y estas son finalmente pasadas por alto.

“Recientemente, en el oeste de Nepal, durante las fuertes lluvias monzónicas, se produjeron inundaciones extremas debido a la rotura de un terraplén dentro de un proyecto de canal de irrigación de prioridad nacional. Esto resultó en la inundación de rutas de evacuación, refugios y otros lugares, dejando a las personas sin un lugar a donde ir en busca de refugio para escapar de la inundación”. Dharam Raj Uprety, Practical Action Nepal

Demasiado fragmentado para beneficiar a las personas más marginadas

La única forma de desarrollar la resiliencia a largo plazo es comenzar a nivel de la comunidad, trabajando con las personas que la integran y sus experiencias únicas de los riesgos, pues son quienes conocen mejor sus fortalezas, vulnerabilidades y necesidades. Sin embargo, a pesar de esta riqueza disponible de rico conocimiento local, las comunidades todavía están marginadas, con poca o ninguna influencia en la toma de decisiones y los planes. Decisiones que terminan siendo tomadas de manera fragmentada entre los distintos niveles de gobierno. Décadas de evidencia muestran que las soluciones diseñadas sin considerar el contexto local y las necesidades de las personas simplemente no funcionan. La participación, un elemento crucial de la sostenibilidad, es frecuentemente incorporada como un simple ejercicio de marcar casillas. Y aun cuando sucede, la mayoría de las veces, las voces de los miembros más marginados de la sociedad, como las mujeres y los pueblos indígenas, quedan fuera.

“Las autoridades no toman en cuenta la opinión de las mujeres. El alcalde prefiere hablar directamente con los hombres. Aunque las mujeres del barrio tienen la intención de decir lo que piensan y comunicar sus necesidades, las autoridades no las escuchan”. Andrea, una adolescente de Perú.

La otra pieza clave que falta son los datos. En un mundo que cambia rápidamente, los datos meteorológicos históricos son cada vez menos útiles para predecir eventos futuros. Muchos gobiernos carecen de los recursos para instalar y mantener equipos de monitoreo de última generación, y la información meteorológica local recopilada de cosas como simples pluviómetros en comunidades remotas no se tiene en cuenta. Pero, unidos, estos ofrecen una oportunidad para aumentar masivamente la cantidad y exactitud de los datos disponibles. Estos datos tienen la capacidad de marcar una gran diferencia para las comunidades que viven en áreas de alto riesgo quienes, con apoyo y empoderamiento adecuados, podrán usarlos para adaptar sus vidas y medios de sustento al clima cambiante.

No sabemos cuáles serán los patrones climáticos en el futuro, pero sí sabemos que el cambio climático plantea enormes riesgos y tiene impactos en cascada que rara vez se tienen en cuenta. Sabemos que las realidades locales y las experiencias vividas por las comunidades no se toman en cuenta a la hora de elaborar políticas y planificación. Sabemos que las inversiones que se realicen hoy pueden desaparecer con la próxima inundación si no consideramos la multiplicidad de escenarios futuros en el diseño de la infraestructura y el desarrollo social. Estamos apostando por nuestro futuro, y las probabilidades para las personas más pobres y marginadas son terribles. No podemos permitirnos el lujo de esperar. El momento de comenzar a construir un futuro resiliente es ahora.

¿Podemos convertir la vulnerabilidad en resiliencia?

La pandemia ha expuesto claramente la necesidad de nuevas formas de pensar y actuar. En Practical Action sabemos que es posible cambiar el status quo, porque ya lo estamos haciendo, trabajando con comunidades que viven en las situaciones más críticas de la crisis climática. ¿Cómo? Lea nuestro próximo artículo en el que mostraremos formas alternativas de avanzar, como lo demuestra nuestra larga experiencia de hacer las cosas de manera diferente.

Autores

  • Dr. Robert Sakic Trogrlic, Oficial de Clima y Resiliencia en Practical Action. Su trabajo se enfoca en construir una base de evidencia sólida para soluciones ingeniosas al cambio climático que funcionen para las personas en mayor situación de pobreza y vulnerabilidad.
  • Colin McQuistan, Gerente de Clima y Resiliencia en Practical Action. Ha trabajado extensamente en temas relacionados con las dimensiones de la pobreza del desarrollo sostenible, la reducción del riesgo de desastres y la adaptación al cambio climático. Sus principales áreas de interés son los enfoques de sistemas, la complejidad, la resiliencia y el desafío del cambio climático.
  • Sunil Acharya, Asesor regional de Clima y Resiliencia en Practical Action. Brinda asesoramiento técnico y apoyo sobre políticas de cambio climático y reducción del riesgo de desastres, con un enfoque especializado en el sur de Asia y los países menos desarrollados.